Vuelve el quesito
(pero sin el abrazo)
El pasado 16 de abril maté al quesito.
Te lo dije aquí, con todas las letras: adiós al “abrazo de quesito”.
Y lo decía en serio.
Pero los quesitos son como el anuncio de turrones El Almendro.
“Vuelveeee a casa, vuelveeeee, por Navidad”.
Y esta vez han vuelto con el libro ¿Quién se ha llevado mi queso? de Spencer Johnson.
Un libro tan corto que lo lees del tirón mientras llega el bus.
La historia ya te la sabes
(O no)
Van dos ratones y dos personajes diminutos (liliputienses) viviendo en un laberinto, buscando queso.
Buscan, buscan, y les va bien porque un día dan con un sitio bestial. Montañas de queso. Para rato.
Así que felizmente se instalan.
Hasta que un día llegan y no hay queso.
Los ratones ni se inmutan y salen pitando a buscar más.
Los personajes diminutos se quedan en shock. Se enfadan. Esperan. Echan la culpa a los ratones. Y vuelven cada mañana al mismo rincón vacío, convencidos de que el queso va a reaparecer porque sí.
La moraleja oficial es “adáptate al cambio”.
Y está bien.
Así que déjame ir un paso más allá.
O dos pasos.
Primero: hay personas que ni se enteran de que se ha movido el queso.
Hay personas que siguen revisando el móvil cada diez minutos esperando un mensaje de alguien que ya tomó una decisión hace meses.
Hay gente que sigue esforzándose por caerle bien a personas que pasan de ellos.
O personas que siguen intentando demostrar a los 47 lo mismo que quería demostrar a los 17.
El queso se fue hace tiempo, pero ellos siguen ahí: insistiendo.
Porque reconocer que el queso desapareció obliga a admitir que el problema era estar cavando en el sitio equivocado. Y eso es incómodo.
Y segundo, que es peor: a veces ni siquiera has perdido tu queso.
A veces ni siquiera has perdido tu queso.
A veces te han vendido uno.
La carrera correcta. El trabajo serio. El piso respetable. El plan de vida homologado por familiares, profesores, cuñados y otros expertos internacionales en vivir la vida de los demás.
Te pasas media existencia persiguiéndolo.
Y cuando por fin desaparece, te entra el drama liliputiense de “¿quién se ha llevado mi queso?”
cuando la pregunta buena era otra: ¿a mí este queso me gustó alguna vez?
Porque hay una diferencia enorme entre perder algo valioso y liberarte de algo que nunca elegiste.
Pero claro, eso exige pensar.
Y pensar es más incómodo que quejarse.
Y hay gente que se mueve.
Así que esta semana haz un ejercicio sencillo.
Mira el área de tu vida que más te frustra.
La primera que te ha venido a la cabeza.
Y pregúntate:
¿El queso se movió hace meses y sigo haciendo teatro delante del hueco vacío?
¿Ese queso era realmente mío o era un objetivo prefabricado que acepté?
No hace falta que tomes ninguna decisión hoy.
Solo deja de comportarte como si el pasado tuviera obligación de volver.
Porque el rincón vacío no está a punto de llenarse.
Solo huele cada vez peor.
Un abrazo,
Sebas.
PD: la tarta de queso de mi pastelería favorita de Palma esa no se mueve de sitio. Hay quesos que merece la pena perseguir.
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Hola Sebas, hace un tiempo que me leí este libro, es corto, se lee rápido y tiene moraleja, sin embargo creo que no siempre es tan fácil salir de la habitación y dejar de esperar ese queso.
A veces, los que se quedan esperando en el rincón vacío no lo hacen por "comodidad" o pereza, sino porque están atrapados en un mecanismo de refuerzo intermitente brutal.
Cuando una situación (o una relación) te da "premios" de manera impredecible, el cerebro se engancha a nivel de dopamina exactamente igual que con una máquina tragaperras. No es que la persona elija racionalmente no moverse; es que está lidiando con un síndrome de abstinencia real y con bucles mentales difíciles de romper (como el Efecto Zeigarnik ante lo inacabado).
A veces el laberinto no es de hormigón, sino de neurobiología, y salir de ahí cuesta muchísimo más que un simple cambio de opinión.
Aún así me ha gustado leerte, me has hecho reflexionar sobre ello 😊